Bosonit Unibasket cerró su primera temporada en Liga Femenina Challenge con una derrota ante Celta que, lejos de empañar nada, subraya aún más el enorme mérito de un equipo recién ascendido capaz de clasificarse para un playoff de ascenso en una de las ligas más duras de Europa. El grupo ha competido con identidad, carácter y una madurez impropia de un debutante, sosteniéndose en el liderazgo anotador y la constancia de Van Schaik, la fiabilidad interior de Sedláková, la solidez de Aldecoa, la lectura de juego de Alonso, la energía de Flórez, la potencia física de Forster, la intensidad de Llorente, la versatilidad de Losada, la energía de Padrosa, el crecimiento competitivo de Sañudo, y el compromiso de las jugadoras de cantera que han subido con el equipo, que han sumado desde el trabajo silencioso y la disponibilidad permanente. Cada una ha aportado algo imprescindible: puntos, rebotes, defensa, dirección, carácter o equilibrio. Por eso este playoff no es un premio menor, sino la consecuencia natural de una temporada construida desde el esfuerzo colectivo.
En el plano más humano, esta plantilla ha sido mucho más que un equipo. Cecilia ha sido ejemplo de constancia y profesionalidad; Mónica, una líder tranquila que siempre suma; Emma, energía competitiva y alegría; Heather, nobleza y trabajo interior; María, intensidad y corazón; Iria, equilibrio y serenidad; Nina, inteligencia y compromiso; Carolina, valentía y crecimiento; Tereza, carácter y fiabilidad; Linda, ambición y liderazgo competitivo. Todas ellas han construido un vestuario sano, unido y orgulloso, que ha sabido cuidarse dentro y fuera de la pista.
A todo ello se suma el trabajo imprescindible del cuerpo técnico, que ha sido el hilo conductor de esta identidad competitiva. Dani Rubio ha guiado al equipo con claridad, exigencia y una enorme capacidad de adaptación; Juan Lacarra ha aportado rigor, análisis y equilibrio en cada preparación; Irlentz Quiñones ha sido energía, cercanía y apoyo constante para las jugadoras; y Jorge García, desde la fisioterapia, ha sostenido la salud física del grupo con profesionalidad y cuidado humano. Su labor, muchas veces silenciosa, ha sido determinante para que el equipo llegara tan lejos.
Y como manda la tradición riojana, la temporada se cierra como se merece: celebrando juntas un gran año, deportivo y personal, en una bodega de pueblo de La Rioja, unas buenas chuletillas y patatas con chorizo, conversación tranquila y un buen vino de Rioja que sabe a trabajo bien hecho. Porque este equipo no solo ha competido: ha dejado huella, ha crecido y ha hecho crecer a todo el club. Una temporada para brindar, recordar y volver a empezar con la misma ilusión.